La jaulita de la Diversidad


“quiero decir que no me opongo al matrimonio gay. Pienso que el matrimonio debe ser abierto a cualquier pareja de adultos que quieran entrar en ese contrato, sin fijarse en su orientación sexual. Es un asunto de igualdad de derechos civiles. Pero no sé si este derecho particular debe ser la vanguardia del movimiento gay. Deberíamos preguntarnos por qué el matrimonio está restringido a dos personas, aunque parezca una broma. ¿Cuáles son los modos en que es organizada la sexualidad, y por qué tipos de organización estamos luchando?” Judith Butler

Dicen por ahí que una persona íntegra es la que tiene, dentro de otras cosas, su sexualidad definida; ésa que camina por las calles con su frente en alto, pecho inflado y, en algunos casos, con la colita parada diciendo con sus ojos de brillo veraniego “estoy orgulloso de ser”. Su máxima virtud vendría siendo esa capacidad de asumir una identidad que según –e ilusoriamente- esta persona decidió adoptar para toda su vida. Y resultan los casos, tipologías o categorías que supuestamente hoy nos unen: el gay y la lesbiana; activo y pasivo; el hombre y la mujer. Todo obviamente dentro de una lógica binaria, esa que muchos y muchas pensadoras y políticos de las diferencias sexuales identifican como natural o como construcción coherente. Entonces surgen consignas de canto rabioso, en un principio, con banderitas multicolores y la voluntad colectiva, en el mayor de los casos, de abrir esa terca puertita de clóset para trasladar el ropaje extraño desde la oscuridad hasta las públicas avenidas. Por lo que nace como consecuencia autómata, desde otro ángulo, la camaleónica y arrebatante discriminación. Este monstruo excluyente se ha encargado de ridiculizar quizás ciertas corporalidades trans, de enmascarar a muchos que deberían estar ya bajo la luz al descubierto; se ha encargado de violentar actitudes andróginas y de amenazar la legitimidad del Derecho en personas de conductas desviadas de la norma hegemónica. Pero, y dicho anteriormente, este verdugo discriminante es camaleónico antes que todo: tiene la capacidad de funcionar como infiltrado y posesionarse en medio del mismo “movimiento liberador de sexualidades”. Existe la transfobia, la lesbofobia, la homofobia, incluso la misoginia y machismo dentro del mismo conglomerado que se abandera con la “libertad de ser”. La burda discusión –a mi opinión- de que ser homosexual no es ni debe ser lo mismo que ser bisexual o, peor aun, que ser homosexual jamás será lo mismo que ser transexual, es decir la incapacidad de querer ver cómo las sexualidades son múltiples, tienen cruces y diversos devenires; Que el activo amachado subyugue bajo su virilidad erotizante al femenino pasivo enloquecido de placer rectal, tal cual que el prototipo heterosexual dominante. Y la lesbiana bigotuda con su ímpetu patriarcal de querer penetrar todo con su falo invisible, frente a una tortillera de clítoris retocado, sumisa y casi maternal a punto de parir su orgasmo dependiente. Y –destáquese- un transexual es un cerebro de mujer en un cuerpo de hombre o viceversa. Que para ser mujer real, el travesti debe mutilarse el aparatito reproductor masculino y llenarse de plástico las tetitas aplanadas, porque sino no merece su titulo social de mujer, tal cual como Dios creó y el Estado mantiene como máquina reproductora del más fabuloso capital. ¿Acaso no hay discriminación ahí? ¿Acaso un librito-guía para escolares donde se señala que ser mujer tiene que ver fundamentalmente por la vagina y su útero y que ser transexual es instaurado como una patología al destacarse que contiene un órgano equivocado en su cabeza no es discriminación? ¿No les parece sospechoso que una marcha enorgullecida del gay venere sobre sus grandes camiones al trans perfectamente siliconizado y al homosexual maravillosamente muscular, ojalá rubios, lampiños, de penes enormes, ofreciendo al ritmo de la electrónica su carne como un vil matadero sobre rueda? ¿Dónde quedamos los flaquitos trigueños de estética andrógena? ¿Y las trans amapuchadas sin la molestia de mutilarse su colgante venoso? ¿Dónde esta la lesbiana punk protestante y la hermafrodita promiscua del bailoteo folclórico? Simplemente la oficialidad LGBT excluye, segementa a través de sus discursos y prácticas, vuelve a discriminar al proponer un prototipo hegemónico de roles asimétricos donde surgen relaciones de poder calcadas al ideal heterosexual: subordinadas, capitalistas y controlables. ¿Hay libertad? ¿Es un paraíso la manoseada diversidad para nosotros, las pajaritas desaladas? La jaulita de la diversidad se convierte por la gracia de Dios en un mecanismo de control, aunque no se den cuenta sus dirigentes. Y para qué hablar del feminismo. Cito una crítica al posicionamiento identitario del feminismo realizado por Donna Haraway en 1991:
“las feministas han afirmado a veces que las categorías de naturaleza y cuerpo como sitios de resistencia contra las dominaciones de la historia, pero las afirmaciones han tendido a oscurecer el aspecto categórico y supradeterminado de > o de > (…) la tarea consiste en descalificar las categorías analíticas, como sexo y naturaleza”.
¿Qué decir del feminismo? Que ha fracasado, que su porfía por mantenerse únicamente para vaginas, ha excluido a quienes también han necesitado históricamente de un cuerpo político para defenderse y así marchar. Serán tetas plásticas las de travestis, pero al igual que la pobre mujer maltratada necesita integrarse a las filas del feminismo y los fletitos de cadereo coquetón y las mapuches deseantes de mas clítoris y menos útero y los hermafroditas aterrorizados por la persecución psiquiátrica y quirúrgica y la obrera que folla con quien le plazca. No basta con panfletos a la no-violencia domestica, hay más que por luchar: hay emigración, hay proletariado, hay prostitución, hay desmaternalizacion, hay mil etcéteras esperando por una fuerza historica que los acoja. Pareciera ser que sólo un cuerpo golpeado y maltratado de un homosexual o el moretón en el ojo de una dueña de casa son las formas en que los movimientos feministas y GLBT sobreviven económicamente y políticamente, sólo a partir de cuerpos victimizados, que producen imaginarios lastimeros de quienes no nos ubicamos en la estructura patriarcal. Esto demuestra cómo la diversidad necesita de la discriminación. No solo el matrimonio ni cirugías en el auge puede salvarnos del fascista discriminante. El endulzado VIH junto a la viciosa lista de ETS no pueden ser nuestra única bandera de lucha, no nos pueden desactivar y tampoco re-estigmatizarnos políticamente ¿acaso el homosexual no querrá simplemente morirse cuando desea y decide tener sexo sin condon? ¿acaso no podemos pensar simplemente que algunos gays son suicidas y quieren morir? Estas preguntas propias de una era pos-psicoanalíticas se plantea David Halperin al re-pensar las campañas contra el VIH que se generan en Estados Unidos. La historia debe progresar y todo esto sólo la estanca o la retrocede. Queremos libertad y nos confundimos de mecanismos para rescatarla. En vez de destruir el sistema neoliberal y normalizante que nos inunda, es cada vez más posible sonreírle al presidente frente a un flash fotográfico y pasearse por la moneda como pedro por su casa. ¿Dónde quedó la disidencia que con resentimiento se comenzó nuestra emplumada batalla? ¿Dónde quedó lo raro de los cuerpos excluidos? ¿Desde cuando la condescendencia con el Estado nos ha estado convirtiendo en los nuevos verdugos del deseo?
La diversidad y sus discursos plantean una re-estandarización de las identidades sexuales, de sexualidades y prácticas, que pasan a hacer estilos de vida. La diversidad ya no se puede gritar, es una palabra que perdió su poder de transgresión, es exótica y denomina a un grupo de personas “otras” distintas a las normales heterosexuales. El concepto diversidad es eminentemente heterosexual pues funciona para y es producido por una heterosexualidad dominante que necesita de un otro social para ser legitimado. Creo que nunca he escuchado un sujeto que enuncie “yo soy diverso” o “yo soy la diversidad”, porque la diversidad anula nuestras diferencias, desactiva aquello que desestructura las identidades, aquellos quiebres: suaviza los dolores, esconde las cicatrices de las trans, los devenires bisexuales, las prácticas no monogámicas, la mujer perra, etc. La diversidad es un atajo para no nombrar aquello que nos incomoda.
Sólo viviremos en sin contextos discriminadores cuando hayamos roto la jaulita de la diversidad y comencemos a resistir con nuestro cuerpo deseante esa invisible y casi dulce manta de la normalización.

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