La poética de la indisciplina



No sé hablar pero no soy muda”. Cuerpos para odiar. (autogestionado)





Escribir como puto. Escribir como puto poeta. Como puto poeta trans-feminista de la disidencia sexual. Escribir mal y aprender formas peores. Desaprender a Neruda, a Huidobro, a Teiller, incluso a Parra. No escribir como poeta y, como puto, escribir contra si mismo. Cobrar lo acordado por chupárselo antes que llegue su esposa y bajar en metro para llegar a escribir en cualquier parte que no sea un escritorio. Sin la comodidad de un computador con pantalla de 14 pulgadas ni la expertiz de un titulado en Letras. Apenas saber cómo empezar cada texto. Con el odio condensado bajo la piel he intentado frases que armen la posible lectura del texto. Pero me equivoco, quedo en blanco, 30 mil pesos respondo por celular, se me olvida el apellido del gran poeta chileno y me pongo a chatear con mis amigas para intentar luego otra frase. Sin métrica, sin rima, sin puntuación correcta y, si no fuera por el diccionario de Word, hasta con faltas de ortografía. Sin embargo, es la política del error la que me ayuda a sobrevivir en el océano disciplinario de la escritura. Es el feminismo de disidencia sexual el posicionamiento que me desdramatiza este fracaso que significa no saber. Como diría la vecina bióloga trans-feminista Jorge Diaz (CUDS): “Un posicionamiento que traiciona la métrica y que se burla de aquella empresa fúnebre que insiste en llamarse poesía. (…) Sin nombres victoriosos pues nuestros nombres son masivos, como el de cualquiera en la calle, de fácil olvido y mestizx”.

Con Jorge Diaz nos conocimos en el taller de poesía de Diego Ramírez (Moda&Pueblo), escribiendo en grupo sobre una mesa entre iconos pop y poetas malditos. Fuimos señoras reunidas en la frialdad y el festejo de querer escribirse el daño, ese resentimiento que nos obligan a olvidar, cada deseo periférico; el esfínter y sus fisuras puesto sobre la mesa de esa carnicería punk donde debíamos criticarnos luego de escribir. La crítica siempre fue el momento tenso del taller. El intento de critica porque no sabíamos criticar, y fuimos aprendiendo entre los llantos de las lecturas más desgarradoras y el extraño rigor de la escritura femenina. Pero nos costaba la disciplina del saber lo que sí se puede y lo que no se puede en poesía. A veces la inseguridad por criticar el lugar común de la sagrada historia de amor siempre heterosexual –y cuando digo heterosexual no hablo de pene + vagina, lo gay suele ser bastante hetero también-, pero nuestra escritura se fue convirtiendo en páginas caóticas, impregnadas de esa furia que reflota cuando entendemos que esa historia de amor, justamente, la única forma de la historia de amor sonaba bastante sana, normal y no se parecía a nuestra biografía. En el taller de poesía nos reconocimos como cuerpos raros, como voces disonantes y muchas veces terroristas. Que si no es una poesía critica, no es la poesía que me implica. O como diría Jorge Diaz: “(…) formas de escritura que desde el activismo sexual involucran al poema, en su forma más amplia y quizás también más política, como canal a través del cual manifestar una incomodidad a la forma del cómo están siendo leídos nuestros cuerpos.(…)”

cristeva y jorge diaz (cuds) en Moda&Pueblo
La poesía chilena me ha parecido un bostezo lineal y masculino. No es por nada que hemos aprendido a leer a mujeres a maricones a transexuales antes que a todo el cielo de la poesía con olor a hombre. Si algo me ha causado repulsión de las letras nacionales es justamente esa masculinidad que insiste con las mismas figuras poéticas y se dedica a medir la inspiración rígidamente para validarla como verso posible. Yo escribo en la desmedida de lo imposible. Nosotras hemos trazado la palabra con esa lagrima emancipada del no saber como ellos, pero lo hemos hecho en colectivo, resistiendo cruzadas en esta inútil pero peligrosa forma de escribir. Desde mi ojo prostituto he querido tomarme el lenguaje y hacer del fracaso de este tiempo hipermediatizado un activismo poetico, una poética de la indisciplina como resistencia. Porque no creo en la educación. Aprender me parece mucho más sospechoso. Prefiero la duda, la desconfianza, la crueldad en desear desaprender, destruir y desordenar antes que tomar nota de cómo hacerlo para que suene bien, para que me digan que realmente escribo poesía. No me interesa escribir los versos más tristes de esta noche. No me interesa revisar la historia de la poesía chilena para darme cuenta que la escritura puede ser un terreno de fuga para tanto activista, por ejemplo, que ya no solo cree en la materialidad de la calle como único lugar de protesta. Mi prostitución la he escrito con prosa trans-feminista o al menos eso he intentado desde mi disidencia. Utilizar cada historia con mis clientes y todo ese copy/paste que permite el tráfico masivo de la información, sin creer en la originalidad, sólo la cita de la cita, la muerte del autor y el deseo anarquista de desaprenderlo todo para escribirlo después. Somos los prostitutos, las travestis, las mujeres malas que escribimos sin saber escribir y que inventamos imaginarios desde la infección con otros imaginarios. O tal vez no inventamos nada, pero esta resistencia de la indisciplina no es funcional ni quiere regirse en su totalidad por las lógicas neoliberales donde el gusto y la complacencia son más importantes que la rabia y el hambre.

Venderme –al igual que todos ustedes- me ha dejado más poesía que la lectura de un libro de vanguardia. Que me compren ciertos perversos para inventarnos un gusto en común me ha tecno-inspirado mucho más que el bello barroquismo de una loca best seller que ya escribe zombie y desea un premio nacional. Mis charlas con Hija de Perra –amiga y activista de la disidencia sexual recientemente fallecida- sobre la pornografía preferida y las mejores formas para prostituirse en esta era digital, me ha ayudado a armar mejor un texto que Zurita tapizado en la Universidad Diego Portales. Porque no podemos ni queremos resistir solitarias en la poética de la indisciplina. Antes de preocuparnos por un verso perfecto, decidimos ser cada vez menos humanas, más resentidas y mejores inventoras de ficciones que, de una vez por todas, logren envenenar cada letra obediente. No necesitamos la educación del poeta para criticar la poesía. O quizás para ser poeta se necesita aprender toda esa disciplina y por eso nosotras somos el fracaso. Ya no queremos llorar leyendo rimas grandilocuentes. Queremos leer mientras armamos las bombas para un te deum como putas terroristas y tomarnos la palabra, sin permiso, sin respeto, sin disciplina.

Irina la Loca, Claudia Rodriguez, Hija de Perra



La citas de Jorge Diaz corresponden a su texto "Nuestras de(generaciones) poéticas, el compromiso con la palabra desde escrituras de Disidencia Sexual", leído en el seminario de Nueva Poesia Chilena. Marzo. 2014.
La cita de Claudia Rodriguez corresponde a su libro recientemente publicado en el verano de este año (2014). "Cuerpos para odiar". Autogestionado.
Este texto lo leí en la Jornada de Nueva Poesia el dia 4 de Sept. que se realizó en La Chascona, la casa de Neruda y de sus poetas heterosexuales. Este texto fue un atentado terrorista como puto de la disidencia.

Comentarios

  1. Me encantó, me voy a dormir con esto. "(...) No necesitamos la educación del poeta para criticar la poesía. O quizás para ser poeta se necesita aprender toda esa disciplina y por eso nosotras somos el fracaso. Ya no queremos llorar leyendo rimas grandilocuentes. Queremos leer mientras armamos las bombas para un te deum como putas terroristas y tomarnos la palabra, sin permiso, sin respeto, sin disciplina. "

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  2. "Y cuando digo heterosexual no hablo de pene + vagina, lo gay suele ser bastante hetero también"... ¡Qué grande Josecarlos!!!!

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