Putos inmigrantes




Los putos inmigrantes me caen mucho mejor que los putos chilenos. Quizás es una “alianza cromática” lo que siento y una sobrerotización difícil de eludir con sus curvas morenas. La fantasía de follar con un negro la he sentido desplegada en toda esa tonalidad latinoamericana. Cuando conviví con putos y putas inmigrantes comprendí lo útil de ciertos comportamientos frente a clientes. Había algo en ellos que no separaba el disfrute del trabajo. Quizás algo cultural que tiene mucho qué ver con el placer a diferencia nuestra. Me gustaba ver la sumisión que desarrollaban. Sabían muy bien que todo era una herramienta laboral para mantener “feliz” al que estaba pagando. Antes de conocer putos inmigrantes, mi relación con cada cliente era un trámite frio y apático.

 Un día me llamó un tipo que quería ver cómo un mulato me partía el culo. Lo que me ofreció fue menos de lo que yo cobraba. “Lo mismo que me cobra el negro”, fue su explicación. Acepté. La sola idea me calentaba mucho. Era un dominicano varios centímetros más alto que yo. El brillo de su piel era hipnotizante. Ese día hacía calor y su olor predominaba en el enorme dormitorio del cliente. Muchos colegas chilenos sienten rivalidad con los colegas inmigrantes. “Por la culpa de esos negros baratos tenemos que bajar la tarifa”. El dominicano fue muy amable todo el tiempo y se dedicó a generar confianza con el cliente antes de quitarnos la ropa. Como suele suceder, el cliente cambió de parecer de un momento a otro y el mulato tuvo que partirle el culo a él mientras me lo chupaba a mí. Se puso en cuatro y los dos nos mantuvimos en cada extremo. Todo el rato estuve frente al dominicano sin dejar de mirarlo. No tenía el cuerpo marcado como alguien con un año en el gimnasio, pero las curvaturas de sus brazos, hombros, pecho, muslos no tenían nada que envidiarle a un cuerpo trabajado. Me encantaba ver la baba de su boca inflada cayendo para lubricarlo y seguir metiéndoselo. El dominicano no tuvo ningún problema en obedecer la porfía del cliente que se las ingeniaba para no acabar pronto. En cierta forma sentí una complicidad con esa porfía. En algún momento tenía que tocarlo o, al menos, olerlo de cerca. Fue al final del servicio que el cliente se metió al baño y con el dominicano pudimos agarrarnos un rato. Me bastó con lengüetearlo y tragarme todo su olor. Cuando nos despedimos del cliente me invitó a su “pieza” en Av. Matta.

Cruzarme con distintas prostituciones me ha enseñado todo lo que sé hasta hoy. Sin embargo, con los putos inmigrantes desaprendí muchas cosas que me enseñó cierto prostitución chilena. Creo que hay algo particular en Chile que hace de los inmigrantes latinoamericanos personas tan “extrañas” para nuestro contexto. No es ni el olor, ni el color ni el precio de ellos. Mientras un puto chileno cobra para comprarse el perfume más caro del mall, un puto inmigrante cobra para sobrevivir entre su ilegalidad y lo caro de este país. Creo que la inmigración morena ha venido a refrescarnos, pero sigue asumiéndose una rivalidad más que un disfrute.

El dominicano y yo hasta el día de hoy seguimos juntándonos.





"Diario de un Puto" The Clinic 2015

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